
NGE Perú impulsó la evangelización en el “Café Conferencia” junto a la Sociedad Bíblica Peruana
02/13/2026La misión perdurable de la iglesia es mostrar y declarar el evangelio en medio de un mundo en constante cambio. En este contexto, es vital reflexionar sobre lo que significa ser un “heraldo” de las buenas nuevas y cómo debemos dar forma a las realidades que impactarán a la iglesia de las próximas generaciones.
El evangelismo, central para la misión de la iglesia, a menudo corre el riesgo de ser simplemente asumido en lugar de ser declarado explícitamente de una manera que catalice un movimiento para llevar el evangelio a través de barreras culturales, digitales, geográficas y lingüísticas. Es fundamental asegurar que la proclamación del mensaje de Cristo permanezca en el núcleo de la misión cristiana y no en la periferia.
El fundamento teológico del evangelismo de proclamación
En el complejo panorama actual de la misión integral y policéntrica, la necesidad de un evangelismo priorizado e innovador es más crítica que nunca. El poder salvador de Dios debe ser declarado donde Cristo es menos conocido, tanto en palabra como en obra. La iglesia debe permanecer tanto vocal como visible, no compitiendo sino colaborando, y equipando a todos los creyentes para la misión.
Esta visión se alinea con una comprensión teológica profunda de que el evangelista desempeña un papel único y vital dentro del cuerpo de Cristo. Si bien el evangelismo hoy incorpora métodos variados como el alcance digital, la predicación contextual y el servicio comunitario, el papel central del evangelista sigue siendo esencial para movilizar a la iglesia global.
Teológicamente, el Nuevo Testamento describe a menudo al evangelista como un kerux (heraldo), un papel respetado en la antigüedad otorgado a quienes anunciaban los decretos de los reyes. Los evangelistas, como heraldos del Rey supremo —Jesucristo—, tienen encargada la declaración valiente y pública del evangelio hasta los confines de la tierra. Es esencial que revivamos y potenciemos este papel como el núcleo animador de la misión integral.
Se necesitan evangelistas para proclamar con denuedo las buenas nuevas en un mundo cada vez más secular y dividido. Si queremos ver el avance del evangelio en cada cultura y contexto, la voz del evangelista debe ser escuchada y amplificada, no dejada de lado u olvidada.
El papel del evangelista: Proclamación pública
El evangelismo no es simplemente la responsabilidad de unos pocos aislados; es un llamado para toda la iglesia. Sin embargo, el papel específico del evangelista es proclamar públicamente el evangelio, como Pablo encargó a Timoteo: “Haz obra de evangelista” (2 Timoteo 4:5).
El evangelismo de proclamación consiste en llevar el mensaje de Cristo a quienes tal vez nunca lo encuentren en conversaciones personales o grupos pequeños. En las Escrituras, diferentes palabras griegas distinguen entre el diálogo privado y la proclamación pública:
- Kerusso (Proclamar): Se usa sistemáticamente para describir la declaración pública y oficial.
- Euaggelitzo (Evangelizar): Se refiere a un sentido más amplio, que incluye compartir el evangelio en conversaciones personales.
Por ejemplo, en Hechos 8:4-5, vemos que los primeros cristianos evangelizaban (euaggelizomenoi) compartiendo las buenas nuevas por donde iban, mientras que Felipe proclamaba (kerusso) al Mesías. A lo largo de la historia, figuras como Felipe en Samaria, o más recientemente Billy Graham y Luis Palau, han demostrado que la proclamación pública es clave para llevar el Evangelio a nuevas audiencias. Este papel sigue siendo vital, incluso cuando los métodos evolucionan.
Un llamado a recuperar nuestra herencia
A medida que la iglesia global continúa participando en la misión integral —enfocada en la justicia, la compasión y el compromiso cultural— debemos asegurarnos de que estos esfuerzos no eclipsen nuestra tarea primaria: proclamar las buenas nuevas de Jesucristo. La necesidad del evangelismo de proclamación es tan grande hoy como siempre, incluso en un entorno que a menudo intenta silenciar el mensaje bíblico.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿A dónde se han ido los evangelistas? La verdad es que todavía están entre nosotros, aunque quizás en formas nuevas y en evolución. Es el momento de que la iglesia empodere a estos hombres y mujeres, equipe a la próxima generación y asegure que el evangelio sea proclamado con valentía en cada esfera de la sociedad.
Sin la proclamación pública del evangelio, la iglesia corre el riesgo de perder su voz profética y su filo misional. El futuro de la iglesia depende de recuperar el evangelismo de proclamación y volver a priorizar el don del evangelista. Levantémonos ante este desafío, asegurando que el mensaje de Cristo sea declarado con claridad, valor y convicción en cada cultura y contexto, para la gloria de Dios y el avance de su Reino.




