
La NGE Argentina realizó un taller de evangelismo contemporáneo práctico que reunió a evangelistas y líderes en Tigre
03/13/2026
De la capacitación a la acción: iglesias de Tigre salieron a compartir el evangelio en la ciudad
03/20/2026El evangelismo no es una actividad que hacemos; es la evidencia de una vida que permanece en comunión con Dios. Nadie puede compartir a Cristo con profundidad si primero no camina con Él en intimidad. La oración no es un complemento del evangelismo: es su origen. En la presencia de Dios se enciende el fuego que luego ilumina a otros.
El mundo no necesita solamente personas que hablen de Dios; necesita personas que hayan sido transformadas por haber estado con Dios y que fruto de ese momento y de conocer ese amor tan grande, quieran compartirlo con quienes les rodean. Compartir las buenas noticias es un acto de amor inevitable: cuando alguien ha sido tocado por la gracia, no puede guardar en silencio la esperanza que recibió.
En mi vida lo veo diariamente en el consultorio. Muchas pacientes llegan buscando una respuesta médica, pero detrás del síntoma físico muchas veces hay temor, angustia, dolor emocional o desesperanza. En esos momentos comprendo que Dios no nos posiciona en lugares por casualidad. Nos posiciona estratégicamente. Y allí, en medio de la consulta, además del tratamiento, muchas veces puedo escuchar, acompañar, extender una palabra de fe y orar por ellas. He visto cómo la paz de Dios invade consultorios, cómo la ansiedad se calma, cómo personas que entraron con miedo salen con esperanza. En esos instantes el evangelio deja de ser palabras y se convierte en una experiencia viva.
Este versículo lo conocemos pero unas palabras de este versículo personalmente me impactaron:
“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” (Marcos 16:15, RVR1960)
Predicar, en griego, significa proclamar públicamente, anunciar con autoridad, declarar como un heraldo que era oficial del rey: la persona enviada para anunciar decretos que no eran propios, sino del gobierno al que representaba. Por eso, no significa simplemente “hablar” o “enseñar”, sino anunciar oficialmente un mensaje recibido de otro, con autoridad y fidelidad al contenido original. Predicar es proclamar con convicción un mensaje que no nace de la opinión personal, sino del mandato y la autoridad de Aquel que envía. Implica anunciar, declarar y hacer público un mensaje que tiene poder para transformar a quienes lo escuchan.
Por eso, cuando Jesús dice estas palabras, está usando el sentido de convertirse en heraldos del Reino, personas que anuncian las buenas noticias no como una idea más, sino como una proclamación viva que comunica la realidad del Reino de Dios.
Y ese “id” no es solamente geográfico; es existencial. Significa vivir conscientes de que cada día somos enviados. El aula, la oficina, el hospital, la calle, la familia y cada conversación cotidiana son territorios donde el Reino de Dios puede manifestarse.
Jesús evangelizaba mientras caminaba. Iba hacia un milagro y en el trayecto ocurrían otros. Tocaba vidas en medio del camino, porque el evangelismo no era un evento en su agenda: era la expresión natural de quién Él era. Y esa es la marca de la generación que Dios está levantando hoy: hombres y mujeres cuya vida cotidiana predica antes que sus palabras.
Cuando vivimos en oración constante, algo cambia profundamente: comenzamos a mirar a las personas con los ojos del cielo. Dejamos de ver simplemente pacientes, compañeros, clientes o vecinos, y comenzamos a ver almas, historias, procesos que Dios desea tocar. La comunión diaria con el Espíritu Santo afina nuestra sensibilidad para reconocer esos momentos divinos que muchas veces duran apenas unos minutos, pero pueden transformar una vida entera.
El evangelismo como estilo de vida nace cuando entendemos una verdad poderosa:
No todos estarán detrás de un púlpito, pero todos estamos llamados a ser una voz.
No todos viajarán a naciones, pero todos fuimos enviados al territorio donde hoy vivimos.
Nuestra generación está llamada a algo más que hablar de fe en determinados momentos; está llamada a vivir de tal manera que Cristo se vuelva visible en cada espacio cotidiano. Porque cuando una vida permanece en comunión con Dios, inevitablemente se convierte en un canal de esperanza, sanidad y transformación para otros.
El desafío es simple y profundo a la vez: permanecer cerca de Dios en oración, caminar cada día conscientes de que ya fuimos enviados, y permitir que, en cada lugar donde Él nos posicionó, el evangelio no sea solamente un mensaje que anunciamos, sino una vida que las personas puedan ver, sentir y experimentar.




