
Un espacio para conectar, orar y crecer: la NGE Palau lanza el primer Punto de Encuentro Iberoaméricano del año
04/02/2026Es tan urgente compartir el evangelio que el mismo cielo anhela que la Iglesia, lo proclame, lo anuncie en todo el mundo. Hay un pasaje en la Biblia (Apocalipsis 14:6) donde se nos afirma que un ángel voló en medio del cielo trayendo en sus manos el “Evangelio Eterno” para predicarlo aquí en la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo.
¡Qué responsabilidad tan grande hemos recibido! El evangelio es para anunciarlo, para compartirlo, para entregarlo a toda criatura, y no para guardarlo, permanecer callados, indiferentes, inactivos o despreocupados.
La salvación de esta humanidad depende de nosotros los evangelistas. Nos corresponde a nosotros obedecer e ir a buscar a las ovejas perdidas: ir pronto por los caminos, vallados, las plazas y las calles de la ciudad, y traer a los pobres, mancos, cojos y ciegos espirituales, y forzarlos a entrar para que se llene la casa, el cielo.
Mis amados: hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio, de los que comparten las buenas noticias. (Romanos 10:15)
El cielo es el más interesado en que prediquemos y compartamos el evangelio. Es tan urgente que, cuando los apóstoles estaban en la cárcel pública por predicar la Palabra, desde el cielo vino un ángel de noche, abrió las puertas de la cárcel y los sacó. Luego les dijo: “Vayan al templo y denle a la gente este mensaje de vida”.
Nosotros, los evangelistas, tenemos el honor de entregar este mensaje de vida a los que no la tienen, a los que están muertos en delitos y pecados, para resucitar muertos espiritualmente.
El cielo grita: “¡Vayan, vayan, vayan y den al mundo este mensaje!”. Vale más la obediencia que los sacrificios.
Recordemos siempre: ¡el evangelio es eterno, pero no tenemos toda una eternidad para predicarlo!
Siempre he tenido este cuadro mental y comparo nuestro llamado de evangelista de esta manera:
Veo una ambulancia estacionada al frente del hospital y, de un momento a otro, sale el conductor corriendo con el equipo de paramédicos que lo acompañan. Enciende el vehículo y también la sirena, y comienza su recorrido en busca de la persona que está agonizando.
Es un conductor hábil, osado, atrevido, que va a alta velocidad, pidiendo vía y haciendo sonar la sirena constantemente, expresando con su lenguaje que es una emergencia. Supera obstáculos y toda situación que se le presenta en el camino hasta que llega a su destino para atender y salvar la vida de quien está a punto de morir.
¿Cuál es la enseñanza? Nosotros, como evangelistas, somos estos conductores. Tenemos las llaves del Reino para encender la ambulancia; la ambulancia es el evangelio del Reino que nos lleva por veredas, caminos, pueblos y ciudades, superando el tráfico de las murmuraciones, críticas y necesidades.
La sirena es nuestra boca para proclamar y anunciar en alta voz el evangelio de Jesús. Vamos en emergencia en busca de nuestro paciente para administrarle los primeros auxilios, aplicarle la medicina de salvación y rescatarlo de la muerte eterna.
¿Y cuál es el cuadro mental que produce tristeza? Que hay muchas ambulancias estacionadas al frente de las iglesias y nunca las mueven. Que hay muchos conductores con el don y el talento, pero encerrados en las cuatro paredes de la iglesia, que nunca salen a buscar a los perdidos que están a punto de morir en condenación por causa del pecado.
Este mundo está en cuidados intensivos y necesita que les entreguemos una palabra de vida, de esperanza y amor.
Los animo a que activen su ministerio, sean obedientes, corran en busca de los perdidos y proclamen la Palabra con denuedo y con el poder del cielo. Dios nos ha revestido de poder y autoridad (Lucas 9:1-2).
En síntesis, es urgente predicar por varias razones:
- Es un mandato del Señor, no es una opción: ¡ID!
- El tiempo es demasiado corto; la vida es breve.
- El mundo está agonizando; necesita la medicina: Jesús.
- Si no predicamos, ¿cómo creerán?
¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!
1 Corintios 9:16




